¡Bienvenido a mi Haus!

Texto: Melissa Isais
Hoy decidí que dejaría el auto estacionado e iría a tomarme un café. Opté por una caminata por las calles más bonitas de Guadalajara, para ver con qué me toparía. Me encontré con una casa grande y vieja, como muchas de las que todavía existen en la Colonia Americana. Al entrar: paredes blancas con unas lámparas muy peculiares, con diseños extravagantes como ramas secas de árboles; cuadros de pinturas abstractas y textos pintados en las paredes, todo muy blanco, así como muy callado: tan callado, que parecía que estaba sola en ese lugar con el sonido de mis pasos nada más y los ojos muy abiertos para ver las obras, así como los techos altos. A un lado hay una habitación que con el aroma del café invita a pasar más adentro, a conocer la casona. Unos músicos tocaban; rieron conmigo como dándome la bienvenida y siguieron en lo suyo. No era la única huésped en la casa, las mesas estaban a cupo. Pasé al fondo del lugar, hay un jardín; me senté en un banco de madera muy oscura que junto con las mesas, forman parte de unos arcos que tienen azulejos, testigos de historias de sus habitantes en años pasados.
Sin resistir el buen olor, pedí un café americano y un pay de yogurt con frutas frescas. Los aromas son parte esencial de los ambientes. Alguna vez leí que:“el aroma desempeña un papel preponderante en la actividad de los sentidos. Y desde ya, que beber una taza de café es uno de esos placeres que los sentidos no pueden privarse vivir. Es una de las bebidas sin alcohol más socializadoras en muchos países del mundo”. Y sí, es cierto. ¿A poco no? Cuando tenemos mucho tiempo sin ver a alguien, lo primero que le decimos es: ¿Haber cuándo nos vamos a tomar un cafecito, eh?. Afirman que la primer cafetería abierta al público, data del año 1672 en París y que éste concepto conquistó a todo el mundo, incluida yo: sentadita mientras escuchaba la música que hacían desde con un cántaro de barro hasta con una nota de una guitarra clásica; a la vista de la luna llena y de las estrellas, mientras las apreciaba en todo su esplendor.
Es un jardín en el que imaginé unos chiquillos en corretiza alrededor del pozo de agua, que está ahí muy cuidado; con unos árboles grandes, espectadores durante años de todas las personas que pasaron por ese lugar. Hay candiles en las paredes del jardín e iluminan las mesas de los comensales. Son parejas, son amigos, son familias que eligen un lugar relajado donde tomar un buen café o un vino de mesa, para conjugar la charla con el arte y los sentidos. Vi la habitación a unos poco metros y aprecié un enorme candelabro dorado; la decoración es muy simple, más le da un toque de tranquilidad al ambiente, que complementan sus paredes muy albas.
El nombre del lugar es: HAUS DER KUNST, que en realidad corresponde al de un museo de arte localizado en Munich, Alemania; éste sitio es uno de los precursores de cafés-galería aquí en Guadalajara. Del menú llamó mi atención la gran variedad de su pan-arte “La revolución de las masas” con especialidades como: pan artesanal de centeno, integral, de siete semillas, bronche (gouda, parmesano, roquefort), árabe, bruschetas y crotones. ¡Ah, los colonialistas españoles, trajeron cosas buenas a México! y más tarde con la llegada de la panadería francesa, el pan logró más aceptación. Crujientito, artesanal y rico.
Casi a mi salida de la cafetería me di cuenta de que pasé por alto, observar un marco de madera que encuadra un vidrio con la siguiente frase grabada: “No vamos a dejar de vernos”. Eso pensé, que las cosas que nos gustan y que como popularmente dicen por ahí, “nos llenan el ojo”, siempre hacemos todo lo posible por contemplarlas de nuevo.
Definitivamente un lugar disfrutable, como estar en mi propia “Jaus”.•
HAUS DER KUNST
López Cotilla 1939. Tel. 3344 1300
PD. Hoy en día tiene el mismo concepto aunque cambió de nombre el lugar y se llama EL COLECTIVO, recomendable.